miércoles, junio 01, 2011

Ansia de poder (I)

Hoy me apetece reflexionar sobre una rasgo humano que suele tomarse siempre como algo negativo y dañino; algo que rompe grupos y destruye relaciones, pero que también impulsa carreras y alumbra proyectos.

El ansia de poder es algo congénito al ser humano. Siempre aparece profundamente imbricada en los elementos de un grupo social, cualquiera que sea su naturaleza o fin. La clave consiste en contar con ella, saber que existe, aceptar que existe como parte de nosotros y de nuestros constructos.

El ansia de poder se puede presentar de la manera más amable, de la forma más agradable a la vista, en la más sutil de las formas. Es la razón de esta sutileza la que considero vital ver y aceptar: que el ansia de poder en el medio social nace de una voluntad activa, y que es en los caminos por los que esa voluntad se desarrolla y toma cuerpo donde esa ansia de poder anida como parte orgánica de lo construido.

En un medio social ideal el ansia de poder está presente en la cantidad justa para crear una motivación creativa en los individuos que forman ese medio. Es, por tanto, deber de una sociedad que aspire a mejorarse a sí misma el garantizar tanto las libertades necesarias para no ahogar el impulso creativo y reformista, como tutelar los caminos por donde se canalizan esas libertades a fin de que no se conviertan en una suerte de libertinaje. Esto, y no otra cosa, es lo que define lo que considero una sociedad madura.

Dicho de otra manera, es madura aquella sociedad que ha aceptado tanto su naturaleza como la de los individuos que la forman, y que, partiendo de esa consciencia, es capaz de evolucionar hacia los fines que se ha marcado como objetivo.

Todo esto, aplicado a cualquier grupo, definirá cuán capaz es ese grupo de afrontar los cambios al mismo tiempo que consigue sacar adelante sus objetivos.

Así pues comencemos: el ser humano, en su condición actual, utiliza el ansia de poder como motor creativo. Alguien desea hacer algo y empieza a trabajar para conseguirlo. En caso de tener éxito, se aspira a metas más altas y lo conseguido pasa a ser algo susceptible de ser repetido las veces que sea necesario. Detengámonos aquí un momento para ejemplificar esto. El ejemplo sería un moderador que ha tenido éxito en su labor asamblearia y siente el impulso de repetir cargo porque se siente útil a él mismo y al grupo al que pertenece. Ese deseo es completamente lícito y entendible pero conviene ser prudente. Ser bueno en algo no implica ni ser el mejor ni debería convertirse en obstáculo para el crecimiento de otras personas. Sin embargo esta dinámica aplicada a un grupo social da como resultado algo evidente: pasado cierto tiempo los individuos de ese grupo terminan acometiendo aquello que se les da mejor. Ha surgido la especialización.

La especialización, de gran valor y pieza principal de progreso, esconde sin embargo un peligro igualmente evidente cuando el grupo alcanza cierto tamaño: como los individuos acometen siempre unas labores determinadas, hay otros trabajos u otros roles que nunca prueban, y paulatinamente se pierde el contacto con la realidad de esos otros trabajos. Esto crea una peligrosa tendencia: identificar la labor propia como de vital importancia para la marcha del grupo y olvidar al resto de compañeros de viaje. Esta es la primera cristalización negativa del ansia de poder: el pensamiento "mi labor es más importante que otras".

Las disensiones creadas por este primer vicio son complicadas de resolver porque implican una crisis de identidad grupal. Las soluciones a posteriori suelen devenir en forma de fracturas y creación de grupos nuevo. La manera más efectiva de luchar contra esta tendencia pasa por prevenirla antes de que aparezca. Fijar leyes para la rotación de cargos, concienciación y potenciación de la identidad de grupo, o el simple y llano sentido común. Todo ello constituye una vacuna efectiva para evitar que esta manifestación negativa del ansia de poder afecte destructivamente al grupo.

No hay comentarios: